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Detrás del extremo

#41
teacher escribió:
22 Oct 2020 06:15
Sin duda el descubrimiento de la propia sexualidad es un proceso que en determinados entornos puede llegar a ser tremendamente traumático. A veces, sin embargo, creo que es necesario un catalizador externo que ayude a abrir los ojos y ponerle nombre a algo que, por desconocido, nos da miedo, aunque eso nunca ayuda a hacerlo menos traumático, claro, pero acelera el proceso.
Ciertamente el entorno influye mucho en este proceso. Leamos como le va a Raúl. :ok:
S O M O S .... I N S T A N T E S
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Detrás del extremo

#43
Capítulo 7. ¿Ya te la han chupado?

Apenas había podido relajar mi nerviosismo cuando ya estábamos a punto de jugar la vuelta contra el Tijarafe senior en la Copa Heliodoro. Jugábamos como visitantes, con lo que las posibilidades de ver a Juancho en la grada eran muy superiores a las del partido de ida.

Y si no había sido convocado por el primer equipo, algo que me parecía improbable pero que deseaba con ganas, más aún.

Alika me notó nervioso y no pudo evitar abordarme:

—¿Qué te ocurre?
—El partido de vuelta de la Copa —mentí.

Sus ojos me dejaron claro que no me creía.

—Se trata de alguien, ¿verdad?

Desvié la mirada intentando que eso le hiciera desistir de la conversación, pero no tuve éxito.

—¿Un chico? —insistió.
—No es tan sencillo —concedí, al fin.

No entré en demasiados detalles —y, por supuesto, omití lo ocurrido el fin de semana en el túnel de vestuarios—, pero sí le conté lo que sucedía entre Juancho y yo. Se lo conté todo desde el punto de vista de mis sensaciones.

—Si lo que me dices es verdad, creo que le gustas tanto como él a ti.

Aquella frase tenía varias connotaciones, así que tuve que decantarme por diseccionarla.

—¿Qué quieres decir con «si lo que me dices es verdad»?
—Quiero decir que no dudo de tu palabra, pero a veces tendemos a ver cosas donde no las hay. O sea, me refiero a que si lo que me dices no es fruto de que le estés dando muchas vueltas a la cabeza, sino que se ha acercado a ti realmente.

—Créeme, lo ha hecho.

En ese momento tuve la tentación de contarle lo del fin de semana, pero mi corazón se aceleró y temí que acabara hiperventilando, así que me fui a la otra parte de mi pregunta:

—Ah, y él no me gusta. Quiero decir, me llama la atención, pero no diría que me gusta.

Alika soltó una risa gutural y me miró con gesto cómplice.

—Cuando me hablas de él tus ojos brillan como nunca los había visto. —Hizo una pausa. Creo que estaba pensándose si decir lo siguiente; al final decidió lanzarse—: Ni siquiera cuando estábamos saliendo te veía esa chispa en la mirada.

Aquella afirmación me generó un nudo en la garganta. Por una parte, porque me parecía una acusación de la cual no podía defenderme. Y por otra, porque si era cierto que había constatado lo de la emoción en mi mirada, tal vez tendría que empezar a reconsiderar qué significaba lo que sentía por Juancho.

Y aquello me aterraba.

La conversación con Alika derivó pronto a otros temas, cosa que le agradecí. Lo último que quería era tener una preocupación más en mi ya hirviente cabeza. Bastante tenía con asimilar lo que me había dicho. Pero ese no era el momento, así que guardé sus palabras en el rincón de los olvidos hasta que estuviera en condiciones de pensar sobre ello. Es decir, después del partido de copa.

Acudí aterrado al entrenamiento con el primer equipo. Tras haber tenido por primera vez una polla en mi mano y haber sentido una corrida resbalar entre mis dedos, tenía miedo de que un impulso descontrolado me hiciera ir a por más. Sin embargo, no hubo impulso y si un deseo fácilmente domable entre todos aquellos futbolistas mayores que yo. Supongo que ayudó el haber estado tantas tardes compartiendo ducha con mis compañeros desnudos. No voy a negar que afloraron las ganas de abalanzarse sobre cada uno de esos culos desnudos y empapados bajo las duchas de los vestuarios.

Incluso sabiendo que al mínimo roce me molerían a palos allí mismo. Por eso solo me quedaba apaciguar la cada vez mayor efervescencia de mis hormonas y acostumbrarme a su presencia sin babear ante un falo cimbreante.

El día antes del partido de vuelta de la copa estaba casi atacado. Continuamente venía a mi cabeza la imagen de Juancho en la puerta del vestuario sacando su verga, mi mano agarrándola y masturbándolo entre sus súplicas hasta hacerlo venir en varios disparos. Ello se mezclaba con la angustia de no saber si me lo encontraría —en la ida no lo había visto—, por lo que la sensación de decepción me rondaba a cada instante.

Para colmo, mi cerebro no razonaba mucho mejor: había tenido la inocente idea de no masturbarme desde el episodio de los vestuarios. Me di cuenta de que estaba deseando tener un nuevo escarceo sexual con Juancho, y en ese delirio soñé con que él me devolviera la paja, así que decidí que quería estar preparado para soltar toda la leche que pudiera. Sin embargo, solo un día más tarde me levanté con un dolor sordo en los huevos que se intensificaba con el más leve movimiento. Preocupado, busqué en internet y acabé asumiendo que era a consecuencia de no eyacular, por lo que me masturbé. El alivio no resolvió el dolor, que ahora se había pasado a la punta del glande, absolutamente irritado. De esa guisa tuve que ir a clase.

Ese mismo lunes, el martes y el propio miércoles seguí masturbándome. Dos veces al día. No quería volver a experimentar ese desagradable dolor en mi entrepierna. Para mi sorpresa, todas las veces que me corría parecía una fuente de leche. Nunca había imaginado que mis huevos fueran capaces de fabricar esa cantidad de semen.

El técnico me había alineado de inicio. Cuando salté al campo eché una visual al equipo rival y no logré ver a Juancho. Tras una ojeada al banquillo tampoco lo divisé. En verdad era lo esperable, porque no me constaba que lo hubieran convocado con el primer equipo, pero mantuve la inocente esperanza hasta el final.

Miré entonces a la grada y descubrí que estaba repleta. Así iba a ser imposible averiguar si Juancho se encontraba presente, así que desistí y me centré en el partido.

La primera parte fue muy trabada. Apenas pude armar ataques por la izquierda porque su defensa estaba inquisidoramente encima de mí. Sin embargo, sí conseguí realizar un par de pases que terminaron en ocasiones de gol, pero al descanso seguíamos empatando a cero.

En el segundo tiempo el Tijarafe se lanzó al ataque y casi nos marca en un córner mal defendido. Por ese motivo el entrenador nos mandó a atacar con más ahínco. Por ahí conseguí enviar mi primer centro del partido, que el delantero más veterano remató alto.

En el minuto 85 fui sustituido. En mi tránsito hacia el banquillo miré por última vez a la grada, con la esperanza de ver la cara que tanto ansiaba encontrarme, pero no pude reconocerla. El cero a cero nos conducía a la prórroga, pero el técnico me indicó que me fuera a la ducha. Mi corazón dio un vuelco al enfrentar la posibilidad de encontrarme a Juancho en el túnel de vestuarios, pero al llegar estaba vacío. En medio de la desilusión me duché a gran velocidad y a la vez con desgana. Cuando terminé pensé en ir a la grada, aunque con el estado de nervios que tenía pensé que ver el partido sería contraproducente, así que me encaminé a la calle para esperar por fuera al resto del equipo.

Estaba ya saliendo del estadio cuando escuché a alguien chistar. Me detuve y miré a todos lados, pero no vi a nadie. Fui a reanudar la marcha cuando noté que una mano me asía del brazo y tiraba de mí. Mi cuerpo se desestabilizó hacia mi derecha, todo se oscureció y un portazo metálico tapó los gritos de los aficionados. De inmediato mis ojos empezaron a acostumbrarse a la luz del anochecer que entraba por los pequeños ventanales.

Era un almacén de utillaje, presidido por una mesa llena de conos y petos. Y, frente a mí, estaba Juancho.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

Pero no me respondió. En su lugar me agarró de la camiseta, me empotró contra la puerta y pegó sus labios a los míos. Mi cuerpo se erizó mientras mis labios trataban de pelear contra los suyos. Di un respingo cuando noté que su lengua empezaba a explorar mi boca. En ese momento nuestros dientes chocaron y nos separamos.

Juancho me miraba con detenimiento. Diría que sus ojos analizaban mis gestos, mis reacciones, mis sentimientos, igual que hacía yo. El vidrio que brillaba en sus ojos parecía sincero, sus labios carnosos permanecían abiertos y todo su rostro parecía sentir curiosidad por lo que nos estaba pasando. Me acordé de las palabras de Alika y se me formó un nudo en la garganta. Tuve la tentación de preguntarle qué sentía, pero mi cuerpo se adelantó inclinándome hacia adelante y juntando mis labios a los suyos. Juancho fue entonces quien reaccionó con sorpresa. Lo fui guiando paso a paso hasta la mesa, sin dejar de besarnos, y se sentó. Sus piernas rodearon mi cintura y nuestros paquetes se rozaron con fruición mientras irradiaban un calor infernal. Entrelazó sus brazos por detrás de mi cuello y tiró hacia él, de modo que nos pegamos más todavía. Se recostó levemente hacia detrás y unos conos cayeron al suelo. El ruido hizo que nos levantáramos.

En ese momento fui consciente, por primera vez, de lo que había pasado.

—¿Qué estamos haciendo? —pregunté.

Tardó en contestar.

—Lo siento, no sé qué me ha pasado. —Sacudió la cabeza—. Sé que esto es un poco raro, perdóname.
—La verdad es que…

Juancho no me dejó terminar. Volvió a pegarse a mí, me agarró de la cintura y me besó de nuevo. Yo le devolví el gesto posando una mano en el cuello y otra en su nuca. Este beso duró fue aun más largo que los dos anteriores. Juraría que escuché un grito colectivo de «¡Gol!» justo en el momento en que Juancho me mordía el labio inferior mientras me miraba con ojos traviesos, pero no sabría decir si ese sonido fue real o fruto de mi imaginación.

—No he podido olvidar aquello —dijo de pronto.
—¿La… la paja?
—Sí.
—Yo tampoco —dije, y él exhaló aire en medio de una sonrisa picarona—. ¿Y quieres que…?
—Sí —dijo otra vez, y empezó a desabrocharse el pantalón.

Metí la mano en su calzoncillo, le agarré la polla y la saqué de un solo movimiento. Me pareció que estaba más hinchada que la otra vez, hasta el punto de que incluso sentía sus venas comprimirse contra mis dedos. La gran cantidad de líquido preseminal que había soltado permitía que el prepucio resbalara con más facilidad. Volví a acariciar la cabeza de su verga con el dedo gordo, pero mi meñique echó de menos la mata de pelo. Se había depilado. ¿Por mí?, me pregunté en silencio mientras le sonreía. Mi polla también lo celebró bombeando sangre varias veces e hinchándose hasta lo inimaginable.

Mientras iba aumentando levemente el ritmo de su masturbación noté que él había empezado a hurgar en mi pantalón. Se ayudó de su otra mano y sacó mi polla y mis huevos, dejándolos por fuera del pantalón.

Ambos nos pajeamos mutuamente. Yo subía y bajaba su prepucio completamente. Él me había bajado el pantalón hasta las rodillas y procuraba que su mano golpeara suavemente mis huevos en cada embestida. Nuestras miradas se alternaban entre cruzar nuestros ojos y enfocar cada uno la polla del otro. Y gemíamos. Gemíamos como perras en celo. Hice el amago de besarlo, pero él se alejó.

—Gime. Gime para mí —dijo.

Aquello hizo que mi rabo se hinchara de un salto y empecé a gemir más todavía. Él lo notó y apretó los dedos, lo que hizo que aumentara mi sensación de placer. Yo había ralentizado el ritmo de su masturbación a la vez que incrementaba el juego con el prepucio. Entonces empezó a gemir más alto y más agudo.

Si alguien hubiera estado cerca de la puerta habría escuchado nuestros gemidos, nuestros resoplidos, incluso nuestras conversaciones. Pero en ese momento me daba igual. Solo quería que ese momento no terminara jamás.

Entonces, en medio de la excitación, mi boca soltó una de esas preguntas que no sabes de dónde salen, ni por qué las pronuncias y que nunca, nunca hubieras formulado de haber sido plenamente consciente:

—¿Ya te la han chupado?

Hizo ademán de responder, pero en su lugar cerró los ojos, exhaló una bocanada de aire y, sin avisar, infló su polla y dejó escapar un chorro de lefa caliente que impactó en mi muslo. De inmediato un fogonazo eléctrico nació de mi vientre y explotó dentro de mi cuerpo. A continuación mi polla también se hinchó y bombeó dos chorros enormes que cayeron sobre la mesa.

—¡Cabrón! —Se miró su miembro—. Me has hecho venirme con esa pregunta. —Acto seguido me preguntó con tono de reproche—. ¿Quién te ha dicho que pares?

Di un respingo y, antes de que pudiera hacerlo yo, él te tomó la mano, la puso en su polla e imitó el movimiento de una paja, así que lo volví a masturbar. Con su falo lleno de semen la mano resbalaba mejor. Él empezó a contorsionarse y a gemir a un volumen altísimo. Llevé mi otra mano a su boca para minimizar sus gemidos, no sin dificultad, porque arqueaba su espalda en movimientos espasmódicos. Tras un par de minutos reduje poco a poco la velocidad, hasta detener la paja y soltar su polla.

Su cara rebosaba éxtasis. Tenía la boca abierta y ventilaba de forma entrecortada. Me agarró la cara y me besó con pasión. A continuación nos separamos y nos echamos a reír. Nos limpiamos con unos petos andrajosos y salimos de allí prometiéndonos volver a vernos en el siguiente enfrentamiento. Tuve la tentación de pedirle su teléfono, pero un repentino miedo a que esto pudiera ser realmente lo que Alika decía me hizo desistir del intento.

El lunes siguiente, nada más llegar al entrenamiento el entrenador me reunió en la oficina. Parecía estar bastante enfadado.

—Gracias —dijo con sorna.
—¿Por qué?
—Por haberte lucido. El primer equipo quiere seguir contando contigo para la liga. —Hizo una pausa y dio un puñetazo en la mesa—. ¡A ver de dónde coño saco ahora un jugador de banda izquierda!

El primer equipo quería contar conmigo. Aquello, que debía ser una noticia alucinante, me cayó como un jarro de agua fría. Subir al primer equipo significaba dejar de coincidir con Juancho en los partidos contra el Tijarafe. Sentí, de pronto, la necesidad de encontrarlo y abrazarlo para no separarme jamás.

Mi mente se nubló. ¿Qué pensaría él cuando se enterara? ¿Cómo se lo tomaría? ¿Sería capaz de sobrellevarlo? Sentí un fuerte dolor en la cabeza, como si cascotes de cielo cayeran sobre mí, pero no era más que el reflejo de la presión que tuve que enfrentar de pronto.

—Procura que te dejen en el primer equipo, porque como vuelvas al filial te juro por mi madre que no juegas ni un minuto —concluyó.
—¡Eso es injusto! —exclamé. Me di cuenta de que lo había hecho con una energía fuera de lo común y lo achaqué a mi estado de ánimo en ese momento.
—Vuelve a gritarme así y quedas expulsado del equipo.

Contuve la respiración, me mordí el labio y apreté el puño dentro del bolsillo del pantalón. Si no fuera porque estaba a un paso del primer equipo —y porque hubiera supuesto una sanción de por vida— le hubiera dado una paliza allí mismo.

Mi ingreso en el primer equipo fue más rápido de lo que esperaba. Me convocaron a los dos días y desde el primer partido jugué de titular. Volví a mi puesto original de lateral izquierdo y contribuí, creo que con éxito, a tapar bastantes ataques por aquella banda.

El fútbol de tercera división era otro mundo. Ya no había chavales jóvenes en plena efervescencia hormonal. Ahora había también adultos en el sentido más estricto de la palabra. Además, el sentido de la responsabilidad estaba a otro nivel. La mayoría de mis compañeros tenían un sueldo —insuficiente para vivir, pero adecuado para complementar el salario de su ocupación principal— y el ansia de jugar la fase de ascenso a Segunda B era suficiente aliciente para dejarnos la piel en cada encuentro.

Al final de aquel mes el secretario del club me entregó un sobre con 300 euros. Era mi sueldo. Mi primer sueldo.

—El próximo mes serán quinientos —me dijo ilusionado, como si los fuera a cobrar él.

La tercera división era más exigente de lo que imaginaba. En realidad eso me vino bien, porque me permitió concentrarme más en el fútbol que en el resto de cosas, especialmente en mi obsesión con Juancho. Mentiría si dijera que lo había olvidado —el encuentro en el cuarto de utillaje del Tijarafe seguía viniéndome a la memoria cada dos por tres y yo seguía homenajeando aquella ocasión con pajas absolutamente gloriosas—, pero sí es verdad que ya no sentía esa adicción a su presencia, a su tacto, a su olor. Aún así, me prometí intentar contactar con él de alguna manera; quizás yendo a ver partidos del Tijarafe.

En el tramo final de liga conseguimos cinco victorias consecutivas que nos dejaron en la sexta plaza, a apenas dos puntos de los play-off de ascenso. En el último entrenamiento el técnico nos pidió regresar con fuerzas para ir a por la promoción la siguiente temporada, y a mí me aseguró que continuaría en el primer equipo.

Pero finalmente no iba a poder cumplir su promesa. Y yo tampoco iba a poder cumplir la mía de intentar mantener el contacto con Juancho.

Detrás del extremo

#44
:chan:
Con ese título creí que Juancho se la chuparía a Raúl, pero na'. Me puso más caliente leer que se comían a besos que el hecho de que estuvieran pajeandose el uno al otro en aquel cuarto.

Ese final me ha dejado desconcertado, puedo ver la nube negra acercándose lentamente, ¿será que habrá tormenta?

Gracias Teach
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Detrás del extremo

#45
Pues no creo que se le venga una mala racha a Raúl, pero quizás al estar en este nuevo equipo no le de oportunidad de hacer cosas subiditas de tono.
Me gusta mucho como va el relato.
NatsuD

Detrás del extremo

#47
Capítulo 8. Lejos.

Una semana después de acabar la temporada había contactado conmigo un hombre que se había identificado como secretario técnico de la UD Las Palmas. Cuando me ofreció un contrato para fichar por el filial pensé que era una broma, pero a la tarde recibí un correo oficial del club que me disipó todas las dudas.

¿Qué debía hacer? Si aceptaba la oferta, como quería mi madre, conseguiría un buen sueldo como futbolista y saldría de aquella isla diminuta para aterrizar en una metrópoli con universidad, donde podía estudiar fisioterapia. Si la rechazaba, como prefería mi padre, podría seguir vinculado a mi familia, a quien me sentía razonablemente apegado. Y también tendría bastantes papeletas de volver a ver a Juancho.

Sin embargo, mi salud mental jugaría un papel determinante en mi elección final. Todo ocurrió justo al día siguiente de recibir la oferta. Se celebraba el certamen Mister La Palma, que nunca me había interesado hasta ese verano. Mi experimentación con Juancho me hizo ver a aquellos candidatos con otros ojos.

No sé si mi padre vio mi folleto sobre mi escritorio, pero creo que habló con mi madre en voz alta con la intención de que me diera por aludido:

—¿Te has enterado? Mister La Palma. ¡Ja! Todos los tíos que se presentan tienen pinta de tener aceite.
—Bueno —repuso mi madre—, tú no vas a verlo. No entiendo por qué te importa tanto.
—¡Por supuesto que no voy a verlo! Eso es para maricones, desvíados y pervertidos.

Maricones, desvíados, pervertidos. Jamás me hubiera sentido identificado con aquellas palabras. Ni siquiera con los términos gay o bisexual. Y sin embargo las acusaciones de mi padre me hirieron. Me parecían innecesariamente ofensivas y, lo que es peor, sentía me ofendían a mí directamente.

Creo que en ese momento me di cuenta de que yo era un maricón. Un desvíado. Un pervertido.

Aguardé a que cambiara el tema de conversación y aparecí en la sala, intentando tragar el nudo y modulando la voz para que pareciera neutral.

—Mamá, papá, he decidido que voy a aceptar la oferta de Las Palmas.

Un «¡Sí!» y un «¡No!» sonaron al unísono. De inmediato ambos se miraron, dándose a entender que el uno no comprendía la reacción del otro. Dejé que debatieran delante de mí y al final intervino mi madre.

—Raúl, estamos muy contentos por ti.
—Estás —matizó mi padre haciendo un mohín.
Estamos —recalcó mirándolo con el ceño fruncido.

La reacción de ambos me bastó para entender que la cuenta atrás para abandonar ese hogar ,que me había inculcado una formación y una personalidad tan conservadoras, había empezado.

Gran Canaria, isla de la UD Las Palmas —el equipo de la capital— es uno de los destinos gay-friendly más conocidos del mundo. Allí se celebra, por ejemplo, la gala Drag-Queen más espectacular del planeta, solo eclipsada por el vecino carnaval de Santa Cruz de Tenerife, segundo más popular detrás del de Río de Janeiro.

Pero nada de eso me interesaba. Lo que quería era progresar como futbolista. Y ahora que Juancho ya no iba a estar cerca, trataría de esforzarme al máximo en mi propósito. Ya tendría tiempo para relaciones de pareja. Y quién sabe si para experimentar.

Mis padres consiguieron negociar con el club la búsqueda de un piso compartido que pagaban a medias con el equipo. Yo tenía que responder a esa confianza otorgada esforzándome lo máximo posible para rendir en los estudios universitarios y en el fútbol.

El piso tenía tres habitaciones, y en él vivían dos estudiantes de tercer curso, Fran y Kevin. La bienvenida fue cálida, por su parte, pero reconozco que me mostré frío sin pretenderlo. Supongo que sería una medida defensiva. Quizás el momento más tenso llegó cuando hablamos del fútbol.

—Tienes buenas piernas, tío. ¿Haces deporte? —preguntó Fran.
—Eh… sí —contesté dubitativo—. Voy a jugar en Las Palmas Atlético.
—¿Qué dices? —Su sonrisa parecía sincera.
—Pues que sepas que yo soy del Tenerife —intervino Kevin—. Prepárate cuando venga el derbi.

Aquel anuncio me resultó violento, pero todo acabó resultando una broma. Aunque Kevin era realmente del Tenerife y estudiaba veterinaria en la Universidad de Las Palmas, su actitud distaba mucho de ser frentista. Al contrario, en el derbi de pretemporada se pasó todo el partido alabando las jugadas de ambos equipos, aunque no pudo evitar enfadarse como un basilisco cuando el árbitro señaló un penalti en contra. Cosas del fútbol.

Desde el principio me autoimpuse la prohibición de fijarme en Fran y en Kevin. Eran mis compañeros de piso; es decir, convivía con ellos y cualquier circunstancia desagradable me acompañaría durante muchas horas al día, por lo que decidí no traspasar ninguna frontera. Además, tenían novia, aunque cada vez tenía menos claro que eso fuera garantía de heterosexualidad.

Por ejemplo, un día de madrugada me despertó una erección dolorosa que presionaba contra el colchón. Después de varios minutos dando vueltas decidí resolver aquella situación por la vía rápida: me eché mano a la polla y empecé a masturbarme con suavidad, primero, y después con más energía. Traje a mi mente el recuerdo de las dos pajas a Juancho y decidí seguir los ritmos de la mano y la respiración de aquellas ocasiones.

Sentía mi prepucio bajar y subir al compás de mi mano, mientras el líquido preseminal resbalaba por mi glande hasta llegar a mis dedos, que de cuando en cuando estimulaban la punta, el frenillo o la parte baja de la cabeza, que estaba dura e hinchada. Mientras tanto, mi otra mano había estado acariciando mis huevos primero, y luego había introducido un dedo en mi culo después, convenientemente lubricados con saliva. Todo ello lo iba acompañando con movimientos de cadena que me estimulaban tanto la polla como el ano.

En ese estado no tardé en llegar al punto de eyaculación, así que detuve la paja y aguanté unos segundos antes de empezar de nuevo. Cada vez que me acercaba al final me detenía más tarde, con lo que el placer era mayor, hasta que tuve claro que no aguantaría un último amago. Me puse en pie, abrí la puerta de mi habitación con cuidado y, cuando vi que no había nadie, me dirigí al baño con el calzoncillo en una mano y la polla en la otra, meneándola con suavidad para no perder el ritmo.

Ya en el baño levanté la tapa del retrete y me masturbé con energías para soltar todo el semen que había ido acumulando. Mis rodillas flaquearon un momento, mi abdomen se contrajo en un espasmo de placer y el semen estaba atravesado la uretra de mi polla cuando la puerta se abrió de pronto. Era Kevin. Sus ojos ignoraron mi cara de horror y se enfocaron directamente en el chorro que, a consecuencia del susto, impactó en la cisterna y en la pared.

—Mierda, creo que te he interrumpido —susurró sin un atisbo de vergüenza.

En ese momento solo quería arrugarme hasta convertirme en una hoja de papel. Kevin pareció darse cuenta, porque dejó de mirarme la polla, de la que aún colgaba una larga gota de semen, y se ocultó tras la puerta.

—No te preocupes —dijo, aún en susurros—. No es la primera vez que me pasa.

¿No era la primera vez que pillaba a un compañero masturbándose? ¿O no era la primera vez que lo pillaban a él?

—En ambas situaciones —contestó, como si me hubiera leído la mente. Y cuando escuchó que me enfundaba los calzoncillos se asomó de nuevo—. Ya tendrás ocasión de vengarte.

En aquel momento no me quedó claro si estaba bromeando o si me estaba invitando a pillarlo en plena paja. Pero, como dije antes, mi idea era no tener ningún tipo de relación física con mis compañeros de piso. No quería arriesgar el techo en el que vivía.

A la mañana siguiente, Kevin me saludó como si no hubiera pasado nada y no sacó a colación el tema en ningún momento.

Pasaba la mayor parte del día cavilando sobre mi futuro y sobre la lejanía. Había momentos en que sentía una losa de mármol sobre mis hombros cuando recordaba lo lejos que me encontraba de mi familia. Y de Juancho. Sobre todo de Juancho. Eso era lo que más me pesaba. ¿Qué sería de él? En una ocasión me lo imaginé dejándose pajear por otro compañero y me envolvió la rabia hasta casi hacerme perder el control, así que traté de bloquear esa imagen cada vez que volviera a aparecer.

El césped era la liberación que necesitaba para desconectar de mis reflexiones. Cuando los tacos de mis botas se hundían con suavidad en la tierra húmeda o en el caucho tibio, según fuera césped natural o artificial, mi ansiedad y mis preocupaciones se evaporaban en menos de un segundo. Así, conseguí rendir a un nivel lo suficientemente alto como para que el entrenador me hiciera alternar entre el puesto de defensa lateral y el de extremo durante toda la pretemporada sin perderme ni un partido.

Estaba a punto de comenzar la campaña. Ya me había acostumbrado a la posición de ataque cuando el técnico nos anunció que se incorporaba un nuevo extremo izquierdo.

—Es compatriota tuyo —me dijo—. Seguro que se llevan bien.

Un compatriota mío, me repetí para mis adentros, y me di cuenta de que estaba repentinamente emocionado. Obviamente mi primer pensamiento fue Juancho. Mi corazón dio un vuelco y mi mente empezó a imaginar cómo sería compartir vestuario con él, pero pronto me di cuenta de la bisoñez de mi deseo y traté de contener mis ansias. Sin embargo, en mis adentros seguía albergando la esperanza de que se tratara de Juancho.

Y así la decepción fue mayor al comprobar que el jugador incorporado era Aday, un futbolista altísimo para ser un jugador de banda. Era un muchacho de facciones exageradas, tirando a feucho, aunque desde el primer momento demostró tener buen carácter. Tan buen carácter que no habían pasado tres días cuando se me acercó en los vestuarios.

—¿Siempre tienes la mirada perdida? —me preguntó luego de una conversación insustancial.
—No. —Busqué de inmediato alguna explicación válida, rumiando las palabras para encontrar las que fueran más convincentes sin tener que llegar a mentir—. Supongo que estar lejos de mi familia me hace pensar más de la cuenta.
—Entiendo.

A partir de ese momento noté que Aday, hasta hace unos días un simple compañero más, me frecuentaba con más asiduidad. En todos los entrenamientos yo era el primero al que saludaba y el último del que se despedía. Cuando había que realizar ejercicios en parejas siempre me escogía a mí, y cada vez que alguien me criticaba alguna acción, salía en mi defensa.

Un día me invitó a tomar algo en una cafetería. Como no tenía nada que hacer y, en el fondo, me sentía a gusto con él, acepté. Estuvimos hablando de nosotros, de nuestro pasado futbolístico, de estudios, de amigos y de futuro. Y claro, llegó el tema que siempre sale en una conversación así:

—¿Y te dejaste allí a la piba?
—Eh…
—Ah. —Dio un respingo—. No tenías novia. Lo siento.
—No exactamente.

Aday arqueó una ceja.

—¿Entonces? ¿Una amiga con derechos?
—Algo así —dije, llevándome la mano a la nuca y torciendo la mirada.
—¡Guau! Nunca lo hubiera adivinado.

Rompió a reír con tanta energía que se impulsó hacia atrás y casi se cae de espaldas. Debió ver mi cara de incredulidad porque se explicó de inmediato:

—No es nada malo, solo que no pareces de esos.

Reconozco que en ese momento me sonrojé, no tanto por el cumplido que tampoco era tal, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, sentía que alguien hablaba de mi vida sentimental sin juzgarla. Bien es cierto que yo no había dicho toda la verdad, pero tampoco me parecía el momento adecuado para ello. No esta vez.

—¿Y eso es… malo? —pregunté, intentando
—No, claro que no. Si estás a gusto con eso.

Aquella respuesta me reconfortó lo suficiente como para que Aday notara la relajación en mi cara.

Salimos de la cafetería y caminamos un rato por la Avenida Marítima. De cuando en cuando Aday me pasaba la mano en el hombro.

Al despedirnos, me dio un abrazo. Sus brazos de marinero prácticamente estrujaron mi espalda y, por un momento, temí quedarme sin aire. También sentí su paquete presionar contra el mío, y al tacto de los pantalones parecía generoso. Pero lo que me embriagó en ese momento fue que pude distinguir su olor corporal, un olor dulzón, que recordaba al de la tierra fresca del monte, con ligeras reminiscencias a sudor. Cuando nos separamos lo miré a los ojos. Ahora no me parecía tan feo. Por supuesto, distaba de ser guapo, pero sus facciones exageradas ahora tenían un aspecto más suavizado, más tierno. De pronto sentí la necesidad de abrazarlo de nuevo.

—¡Eh! —dijo, aunque no impidió el abrazo—. Parece que alguien se ha quedado con ganas de más cariño.

La constatación de esa certeza me generó un nudo en la garganta que no me molesté en deshacer. Al separarnos de nuevo bajé la mirada.

—Siento… Siento que me puedes ayudar a acostumbrarme a la lejanía.
—Si es por eso cuenta conmigo —contestó, y me golpeó suavemente en el hombro con su puño enorme.

Aday se despidió por última vez y caminó hasta doblar la esquina. Yo me quedé allí parado unos veinte minutos. Cuando volví en mí ya estaba anocheciendo.
El camino al piso compartido se me hizo lento. Pasé todo el trayecto pensando en Aday. No obstante, la sensación no era la misma que cuando pensaba en Juancho. Con Juancho, mi cuerpo se embrutecía y mi polla se inflaba hasta buscar la escapatoria de mis calzoncillos. Con Aday, por el contrario, mi cuerpo se entumecía en un frío suave que esperaba sus brazos, su torso y su voz grave pero aterciopelada.

Y sin embargo, descubrí a mitad de camino que unos latidos se abrían paso por mi entrepierna.

Detrás del extremo

#48
Breve nota post-lectura: 
Prosigue el carácter romántico-erótico de la historia. La montaña rusa vuelve a suavizar su recorrido en una lenta subida. La cuestión es cómo será la siguiente bajada.

Detrás del extremo

#50
Es lo mejor que he leído en muchísimo tiempo. Tu forma de narrar, de contar cada detalle importante y de obviar lo innecesario me encanta. Mi más sincera enhorabuena por ello! Y también por la pedazo historia que cuentas. Joder, que morbazo continuo con Raúl y Juancho, y ahora Aday 🤩
 
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