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Una Historia Más/Otra Historia más (Versión Mejorada)

#1
Era un jueves 7 de Diciembre, el frío congelaba mis huesos tanto como el hielo congela los árboles que se encuentran al pie de las blancas montañas. Pasaban de las 7 de la noche y yo aún no recolectaba suficiente leña para llegar a casa, donde me estaba esperando un regaño seguro por tardar tanto. Una hora más tarde llegué, dando de topes pues la leña que cargaba en mis brazos cubría mis ojos y no podía ver muy bien donde pisaba.

— ¡¿Dónde has estado perdiendo tanto tiempo?! —Exclamó una voz gruesa y penetrante.

Era mi padrastro, casado con mi madre desde hace ya algunos años. Él y su hijo siempre me trataban como un esclavo, desquitándose de lo mal que nos trataba la vida.

— No estaba perdiendo el tiempo —Respondí— Estaba juntando la mayor cantidad de leña que podía traer, hace mucho frío afuera y no quería salir otra vez.

— ¡A mí no me importa cuanta leña querrás traer por tu pereza de no volver a salir por más, te has tardado tanto que de castigo no cenarás nada!

Para un niño como yo, de clase baja y con un día de agotamiento físico tan fuerte, quedarse sin cenar era como para los niños ricos no tener el juguete de temporada, o no ir a nadar un sábado soleado a la playa más cercana.

— ¡¿Sin cenar?! Pero si yo traje la leña, no tendrán que salir por más dentro de varios días, ¿Qué a caso eso no es razón para que pueda yo cenar?

No recibí respuesta, solo malas caras. Sabía que sí me quedaba a discutir la injusticia que acababa de vivir, me sancionarían con golpes en la espalda, por lo cual, preferí quedarme sin cenar.

Mientras yo me retorcía del dolor en mis brazos, pues varios de los leños me habían astillado, mi hermanastro gritaba desde el comedor:

— ¡Qué rica cena! Y mejor aun ¡Hoy comeré el doble!

Ese tipo de comentarios que solo hacían que mis intestinos se movieran de un lado a otro, al no tener nada dentro para digerir.

Mi madre, por su lado, era una mujer con poca autoridad dentro de la casa, iba a darme vueltas para ver si necesitaba algo, ya que, aun que no le dijera nada, había visto las pequeñas ampollas que me habían salido en los brazos. Por ratos iba a dejarme agua y unos trapos para limpiar las heridas que poco a poco se iban notando más.

— ¡Qué demonios haces allá atrás mujer! —Exclamo mi padrastro, lleno de ira al ver que mi madre iba a verme.

— Nada, solo vengo por un par de cosas que necesito para mañana temprano, sabes que no me gusta que se me haga tarde.

Al no creer nada de lo que mi madre le decía, mi padrastro la dejo sin cenar, comiéndose entre él y su hijo, todo lo que quedaba de la cena.

Así era la típica vida que llevaba...

Yo, un pobre niño con suerte peor que la de los perros callejeros, al menos ellos tenían la misericordia de quienes apreciaban a los animales y les regalaba comida, sin embargo, yo no merecía ni la mínima atención de la gente, de nadie.

Mi nombre es Darío, en aquel tiempo era un niño de 13 años, delgado, de tez blanca, cuando mi madre me vestía con trajes de apariencia elegante, muchos me creían parte de la nobleza. El color de mi cabello es similar al del chocolate más fino de la región, poco ondulado, que dependiendo el clima se torna lacio, gracias al trabajo físico que tenía que hacer, logré crear un poco de músculos en brazos y piernas, lo cual atrae muchas miradas; mis ojos son de color avellana y poseo unas pestañas que son envidiadas por muchas personas. Soy el primer y único hijo de mi madre, ella no me contaba mucho sobre mi padre, lo único que sé es que él era un adinerado hombre, que por cuestiones desconocidas tuvo algo que ver con mi madre y de ahí nací yo. Mi carácter es muy alegre, aunque a veces mi mirada se veía triste o llena de rencor, me caracterizo por siempre tener una sonrisa que regalar. Lo que mejor sé hacer es cocinar y soñar con una vida diferente y poco ordinaria, cerrar los ojos y dejarme llevar por las infinidades de anécdotas que me pueda inventar.

Navidad llegó y con ella lo más preciado para mi familia: trabajo.

Mi madre era la costurera de varias tiendas, las cuales en épocas festivas le daban a confeccionar disfraces para atraer clientela; en navidad le encargaban muchos vestidos con encajes y disfraces para pastorelas, los curas mandaban a arreglar sus mejores sotanas y las monjas mandaban a hacer ropa para los santos, casi no se daba abasto con tan exagerada carga de trabajo, pero necesitábamos el dinero así que ella veía la manera de siempre tener todo listo y perfecto.

Eran las épocas que mejor nos iba, pues todos teníamos trabajo.

Mi hermanastro llevaba a la gente adinerada a través de las ciudades, cobrándoles para manejar sus carruajes jalados por caballos y llevarlos sanos y salvos a sus destinos, de ciudad en ciudad, o de pueblo en pueblo, él era el más veloz de los alrededores, con una creciente reputación de eficacia en lo que hacía.

Mi padrastro por otro lado, era cuidador de cantinas, ese al que contratabas para que si tomabas de más, el fuera el responsable de llevarte a tu casa, evitar que te golpearan o que te asaltaran, y como en navidad todos tenían dinero, las cantinas se llenaban y el cuidaba a 4 o 5 hombres adinerados, que le daban muy buenas recompensas por sus servicios, sin mencionar los tragos gratis que siempre le invitaban.

Después estaba yo, lejos de pensar en los regalos que regularmente se dan en esas épocas, lejos de pensar en las vacaciones escolares para jugar con mis hermanos y amigos, lejos de soñar en descansar y pasar tiempo con la familia, lejos de martirizarme pensando en todas esas cosas que yo no poseía y que de cierta manera la vida me había negado el derecho de siquiera intentar conseguir... Estaba feliz, pues uno de mis grandes talentos y placeres: es la cocina. Yo ocupaba el horno de una vecina, que al igual que yo no tenía la gran vida, pero al menos tenía un humor bastante agradable y me permitía usar su horno viejo, con leña que yo recolectaba para preparar platillos típicos de temporada, los cuales, desde que aprendí a usar el horno, siempre he hecho para apoyar a mi familia y por que me encanta hacerlo. La gente dice que el sazón que yo poseo es tan bueno como el de cualquier cocinera con más de 50 años de experiencia, que para ser tan pequeño y sobre todo para ser hombre, mis platillos más que baratos, eran exquisitos.

Los halagos por parte de mis dotes culinarios eran lo poco preciado que tenia, sin embargo, los insultos que recibía por parte de los niños que me rodeaban y por parte de mi padrastro y hermanastro eran siempre lo doble que los halagos: Mariquita, niña, mujercita, poco hombre, entre otros diversos insultos que la gente me daba por ser amante de la cocina. En ese tiempo, el ser un niño al cual le agrada la cocina (que es territorio exclusivo de las mujeres) es un insulto mayor al de robar la limosna de la iglesia, o el matar a algún buen cristiano, el ser un niño con pocas actividades masculinas simplemente era pecado.

El tiempo pasó y con él, el trabajo. Enero fue bastante benévolo, a todos los integrantes de mi familia no les faltaba para comer y vestir, por lo tanto las peleas disminuyeron, cada quien era responsable de su dinero y de comprar lo que le plazca:

Yo compraba libros de cocina, utensilios y provisiones para las próximas temporadas donde si mi vecina me lo permitía, pudiera crear más platillos que la gente disfrutara y me encargara, también compraba golosinas y libros para aprender a leer y escribir, ya que por mi posición económica no podía ir a la escuela, así que el padre Manolo muy amablemente nos daba clases de lectura y escritura a los niños pobres, como yo.

Mi madre, usaba su dinero para comprarme zapatos y accesorios personales así como tela bonita para hacerme ropa, también compraba madera, ya que siempre había una parte de la casa donde la madera ya estaba podrida y había que cambiarla, usaba el dinero para comprar la comida que diario comíamos, trataba siempre de ahorrar unas monedas, a escondidas de mi padrastro, ella y yo solo sabíamos de ese ahorro, ella siempre me decía:

— Esto solo se usará en emergencias, y si es que algún día yo te falto, te puedas escapar y no tengas que depender de ellos.

Cada que mi madre me decía eso, me daban ganas de abrazarla y llorar rogándole que jamás me faltara… Pero el demostrar cariño podría ser muy severo, pues el cariño es un sentimiento que los pobres no podemos desperdiciar.

Mi madre, de nombre Lucía, era una mujer muy inteligente, trabajadora y muy bella, de cabello largo y ondulado, de cuerpo esbelto y bien formado, hija de unos campesinos adinerados, quienes gracias a las guerrillas de mi país fueron despojados de sus tierras y sometidos a trabajos domésticos. Ella nunca estuvo de acuerdo con la situación que sus padres tenían que pasar, por eso ella desde los 15 años trabajó para devolverles todo lo bueno que ellos le habían dado, pues a pesar de que mi madre de adulta fue de clase muy baja, cuando niña disfruto de lujos y riquezas. Hasta lo último luchó por salir a delante. Se caso con mi padrastro a los 22 años. Lo conoció cuando se encontraba trabajando de costurera en una fábrica. No sé cómo pasó, no sé porque se fijo en el, no sé si él era diferente, yo solo era un niño de 4 años que no poseo muchos recuerdos de aquel entonces, pero los pocos que tengo de esa edad, eran muy felices, mucho más de los que mi padrastro ha dejado en mi.

Mi padrastro gastaba su dinero en licor y apuestas, a él no lo podías tumbar de ebrio, el tomaba cuanta cantidad de alcohol fuera posible y jamás, pero jamás lo veías borracho. Aunque tenía una debilidad, debilidad que era tan ridícula que jamás nadie se la imaginada, debilidad que al parecer, solo él y yo conocíamos... Él desconocía que yo conocía su debilidad, pero no pensaba usarla en su contra, al menos no en ese momento.

Embriagaba a las personas con las que apostaba y cuando estaban ya muy indispuestas por tanto alcohol, mágicamente ganaba los juegos en los que apostaba, no podías reclamarle pues como nunca nadie se acordaba si era verdad o era mentira lo que en los juegos sucedía, era mejor no enfrentarlo, pues era un hombre imponente al cual era mejor tenerle de amigo que de enemigo

— No vuelvo a jugar contigo Joaquín ¡Lo prometo! —Era lo que regularmente le decían los que perdían.

Mi padrastro para poder ganar más dinero jugaba con hombres nuevos en el pueblo, o viajeros que estaban de paso. Ya que los demás conocían como ganaba.

Mi hermanastro por su parte tenía otra afición, y gastaba su dinero en solo 1 cosa: Mujeres. Solo sabía eso, y sinceramente lo que el hiciera o dejara de hacer no me importaba.

El tiempo siguió su curso y a pocos días de iniciar el año, mi madre consiguió un excelente trabajo en la capital, trabajo que tenía la posibilidad de sacarnos de pobres: una de las mujeres adineradas a las que regularmente le confeccionaba vestidos la recomendó con la esposa del gobernador, la cual le iba a pagar cantidades grandes de oro por hacerle los vestidos más bellos y exclusivos. A lo cual mi madre acepto inmediatamente. El único problema es que iba a salir de la ciudad por 1 mes. A mí me aterraba la idea de quedarme con mi padrastro y con mi hermanastro, pero ese terror se redujo a la mitad cuando mi madre dijo que su “Hijo” podía ser el chofer temporal del gobernador, a lo cual la esposa acepto, ya que casualmente su chofer de cabecera se había fracturado la columna en una caída que tuvo al resbalar del lomo de un caballo. Solo seríamos mi padrastro y yo.

A mi aun me quedaba dinero para mi comida y mi padrastro, bueno, el se la vivía de cantina en cantina, así que poco sería el tiempo que lo vería. A pesar que Enero ya se estaba terminando, el frío apenas se disipaba, aun teníamos que usar abrigos y sombreros para salir y no temblar de frío.

— Me voy a bañar —Dijo mi padrastro —Trae leña y ponme agua a calentar ¡Rápido que tengo q salir a trabajar! —Eso me dio risa, tomando en cuenta el tipo de trabajo que ahora tenia, no sé por qué tanta la prisa.

Mi padrastro, de nombre Joaquín, tenía 43 años de edad, diez años mayor que mi madre. Un hombre de casi 2 metros de altura, unos 98 kilos, manos grandes y ásperas por los trabajos forzados que ha tuvo que hacer a lo largo de su vida, piel gruesa, los brazos y su cara eran de color diferente al de su pecho o abdomen, pues se había expuesto tanto al sol que ya nunca recobro su color original, sin camisa se veía extraño. Tenía un físico imponente, musculoso, con su panza dura como un diamante, ojos negros, mirada dura, cejas pobladas y una boca tan grande que cada vez que carcajeaba sentías que te succionaría y te irías a su barriga. Tuvo su primer hijo a los 21 años, aun que fue el primero varón, ya que según sé, el tuvo 3 hijas antes, las cuales nunca reconoció por el hecho de ser mujeres, su hijo en cambio, lo tuvo a su cargo cuando la mujer quien le dio la vida murió en el parto. Y por ser varón acepto criarlo y formarlo como un hombre, ha querido tener hijos con mi madre, pero ella siempre le dice que el día en que pueda mantener a toda la familia, ese día aceptara embarazarse otra vez, lo cual por alguna razón él no discute, pues sabe que la situación es crítica y un recién nacido puede costar muchísimo, así que acepta sin decir nada, es un machista hijo de puta de primera, pero tiene sentido común en ciertas cosas; el dinero es una de ellas. Tiene un carácter peculiar: conmigo es muy cruel, déspota, violento, aunque siempre me trata de enseñar cuanta cosa se le ocurre, cuanta mañana se sabe, gracias a sus enseñanzas me he zafado de varios problemas, pues él tenía un ingenio enorme y me heredo ese conocimiento, algunas de las mañas que me enseñó me da hasta vergüenza mencionarlas, pero no las olvido pues como decía mi madre “Para algo ha de servir”, con las demás personas, especialmente con su hijo, es muy bromista, alegre, llevadero, “alcahuete” en fin, el típico amigo que necesitas para hacer travesuras.

Recolecté cuanta leña pude en un lapso menor de 10 minutos, calenté suficiente líquido pues mi padrastro ocupaba demasiado, su cuerpo no era un gran desperdicio de agua al bañarse. Sin embargo nunca era suficiente agua, siempre grita para que le calienten más.

— Quédate cerca, pues seguramente no me calentaste suficiente agua y no quiero gritarte mucho tiempo para que me empieces a calentar más... — Decía como de costumbre

— Está bien, estaré cerca, antes que se te acabe el agua grita mi nombre y empezaré a calentar más, para que no pierdas tiempo

— Maldito bastardo, odio depender de ti—
Palabras típicas que él me decía, yo ya estaba bastante acostumbrado a oírlo hablarme así

El agua estaba lista, él se estaba a punto de meterse a bañar y yo estaba a punto de vivir algo que jamás pensé vivir, algo que no sabía que existía y muchísimo menos que existía en mi...








Acu.
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#2
A petición suya, yo me quede cerca, tenía planeado limpiar la casa, lavar platos y acomodar los leños que estaban fuera de su lugar, sin embargo sus órdenes me mantuvieron junto a la puerta del baño.

El baño era una pequeña casa de madera, con una puerta sin pasador que la cerrara, estaba fuera de la casa y en épocas de frío era poco agradable entrar ahí.

Sin que mi padrastro se diera cuenta, me senté junto a la puerta; el calor del agua se sentía por los alrededores del baño y me agrado la sensación, el frío era menos sentado ahí. Escuché su ropa caer al suelo, como si la aventará con fuerza, supe que faltaba poco para que iniciara su baño. Algo dentro de mi empezó a surgir, una sensación extraña, le hice caso omiso pues no era fuerte, pero, cada que escuchaba el agua caer, esa sensación proveniente de mi estomago y mi pecho se incrementaba, algo dentro de mi me hacia acercarme a una pequeña apertura que se hacía entre las maderas, la cual mostraba el interior del pequeño baño

— ¿Pero qué estoy haciendo? ¿Qué me está pasando? —Me pregunte con alteración

Sin más preámbulos, sin pensarlo dos veces y pese a los cuestionamientos que surgían en mi cabeza, no pude resistir a la cada vez más creciente sensación de voltear a ver, pero no era un sentimiento de curiosidad, era otra cosa, mi cuerpo se sincronizaba en un sentimiento que jamás había sentido, al saber que dentro de ese baño había algo que debía yo ver.

Puse mi ojo en posición y lo vi, el cuerpo desnudo de mi padrastro, dándome la espalda, una espalda bien marcada por los músculos, el agua caliente recorría ligeramente su espalda baja, llegando a mojar su glúteos grandes y firmes, algunas gotas también recorrían sus muslos bien formados, parecidos a los de un toro, con bellos rizados al rededor de sus piernas que me asombraban cada vez más y más. Él se enjabonada mientras silbaba una vieja canción de guerra, y mi corazón agitado pero emocionado me decía que mirara con más atención… Poco a poco se fue bañando y cuando llego la hora de lavarse el cabello se empezó a dar la vuelta.

Tuve miedo: miedo de que descubriera que lo estaba espiando, miedo a la vergüenza de saber que le iba a decir a mi madre y a todos nuestros conocidos que yo lo miraba mientras se bañaba, miedo a la golpiza que me iba a dar, miedo a que mis piernas no reaccionaban y no podía moverme si me atrapaba, miedo a saber “algo” que en ese tiempo era imposible concebir. Sin embargo el miedo fue mínimo a comparación de la sensación que nacía desde lo más profundo de mí. Me percate cuando mi padrastro quedo de perfil que tenía los ojos cerraos con fuerza, pues no quería que ni una sola gota de jabón se penetrara su mirada, así que me tranquilice un poco, pero la tranquilidad termino cuando de momento se dio la vuelta, y pude ver todo su cuerpo frontalmente, desnudo, mojado, desde su pecho a su abdomen, su pubis, sus piernas, pero sobre todo, su pene, un pene imponente como él mismo, grueso, largo, mojado, con unos testículos que le hacían compañía, los cuales tenían un aspecto agradable. No podía respirar, me faltaba saliva, mi corazón palpitaba como si estuviera frente a un tren que me iba a aplastar; cada palpitar era más fuerte cuando mi padrastro se tocaba sus genitales: lentamente los tallaba y mientras lo hacía, su pene crecía, no había notado pero el mío estaba también lo hacía, estaba totalmente rígido, jamás lo había visto así, yo pensaba que solo era para orinar pero, descubrí que no era así, un líquido transparente escurría por mi pene; pese a ser joven, mi miembro se encontraba tan rojo y tan dispuesto a ser tocado. Un impulso hacía que yo lo acariciara, no sabía lo que sentía, todo era tan raro pero placentero, no podía dejar de ver el cuerpo desnudo de mi padrastro, la manera en la que todo su cuerpo era tan masculino y tan agradable para mi vista, la sensación de tocar mi pene y acariciarlo era cada vez más y más constante... Y, justo en el momento cuando iba a complacer ese sentimiento, que se convertía en necesidad, el momento en que por primera vez iba a acariciar mi pene erecto, justo en el momento más erótico de mi vida, con la inspiración de tener a un gran hombre desnudo y mojado frente a mi, estando yo a punto de satisfacer mis más nuevo e incontrolable instinto...

— ¡¡¡DAAAAARIIIOOOOOOOOO!!!








Acu.
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#4
Impresionante historia, Acu. Me está gustando muchísimo, más que muchísimo. Es impecable, aunque tenga alguna leve falta de ortografía. Sigue pronto, rápido, quiero leer más y más...no quiero perder el hilo de la historia, ¡y se ha quedado en lo más interesante!. Estoy deseando saber como se desarrolla esta fuerte historia entre el chico y su violento padrastro.

PD: El título del relato no le hace ninguna justicia a lo que luego se encuentra uno dentro del Post, yo en tu lugar lo cambiaba.

Una Historia Más:

#9
Un estruendoso grito me paralizó e hizo que yo me alejara del baño como venado que se aleja de los lobos; dura más un estornudo que el tiempo que me tomó llegar del baño al interior de la casa. Mi respiración era rápida, profunda, no sabía qué hacer, todo mi cuerpo temblaba, estaba sudando frio, mis ojos querían llorar, mi corazón se quería parar, mis piernas no querían sostenerme más.

—¡¡¡DAARIIIOOOOOOOOOO, MALDITA SEA!!!

—¡¡¡Ya escuche, ya llevo el agua!!! - Respondí de prisa

—¡¡¡Date prisa maldito hijo de puta!!!
— Gritaba mi padrastro desde el baño.

Afortunadamente el agua se calentó en pocos minutos, pero el problema era que tenía que entrar al baño a dejársela, cosa que me daba muchísima pena teniendo en cuenta el evento que acababa de ocurrir, tenía la sensación de no poderlo ver más a la cara. Me arme de valor y se la deje junto a las demás ollas sin siquiera voltear a verlo.

Un mes pasó rápido, la llegada de mi madre estaba próxima y obvio la de mi hermanastro, un mensajero llego a la casa diciendo que mi madre y mi hermanastro se tardarían unas semanas más de lo acordado, pues el trabajo profesional de ellos dos fue muy bien aceptado y aun tenían pendientes. Eso me molesto pues yo esperaba con ansias la llegada de mi madre.

En su ausencia, a mi me pasaban cosas extrañas: cada noche me ponía a pensar en ese día, en el cual vi por primera vez un hombre totalmente desnudo, cuando por primera vez sentí una necesidad muy diferente a todas las que ya conocía, cada que tenia la imagen de mi padrastro desnudo bañándose, cada que recordaba como se enjabonaba todo su puerto lenta y tranquilamente... Mi pene tendía a levantarse rápidamente, lo cual me incomodaba pues algo dentro de mi sabía que eso no estaba bien, sin embargo lo disfrutaba mucho. Mi mente generaba ideas con la imagen de mi padrastro, ideas donde yo le enjabonaba los glúteos o donde yo le enjuagaba su pene y sus testículos, ese tipo de pensamientos, que por supuesto no confesé a nadie, ni siquiera al padre Manolo, pues sabía que me iba a regañar y a condenar al infierno.

Marzo trajo consigo la primavera más bella que se hubiera visto hasta ese entonces, todos los árboles floreaban, los riachuelos sonaban a compás del canto de los pajarillos que se bañaban en charcos cristalinos. Todos los niños cantaban canciones alegres que les enseñaban en sus escuelas, la gente estaba alegre, pues el invierno que terminó: fue muy frio y triste. Hubo mucha decadencia y pese a que mi ciudad es una de las más importantes de mi país, esta vez fue difícil para todos sostenerse.

Las lecciones con el padre Manolo eran cada domingo, desde la mañana hasta que el sol se empezara a ocultar tras las montañas, esos días eran muy alegres para mí, pues no tenia que soportar a mi padrastro ni a mi hermanastro por muchas horas.

— ¡¿Qué paso Darío?! — Grito con fuerza una voz cálida y conocida para mí:

— ¡Ey, qué tal! — Grite también

Era Adolfo, mi mejor amigo, y creo que el único. Él era un niño que tomaba junto conmigo las lecciones del padre Manolo, cada domingo sin falta venía desde un pueblito que quedaba a poco más de una hora a pie de mi ciudad, como allá no había escuelas y los padres siempre estaban ocupados como para dar clases, se venía a mi iglesia.

Su aspecto era gracioso, tenía unos grandes ojos color miel, muy expresivos, delgado pero de huesos pesados, cabello ligeramente rizado y rubio, con una nariz que parecía cereza, más bajito que yo a pesar que por meses, él era mayor que. El padre Manolo siempre le decía: “—¡Ey tú!, Güero de rancho, ven acá.”

— ¿Has realizado ya la tarea que nos dejo el padre Manolo? Es que yo no he podido hacerla


Típico de Adolfo, el podría ser un niño con las más buenas intenciones de este mundo, sincero, amable, divertido y muy leal, pero era tan distraído y travieso como cachorro.

— Si, aquí la tengo, cópiala rápido antes de que alguien nos vea

Nunca podía decirle que no cuando me pedía las tareas que el Padre Manolo nos encargaba.

— Gracias amigo, te debo una

— ¿Una? Adolfo me debes más de cien ¡Jajajajajaja!


Adolfo y yo siempre nos reíamos de todo lo que decíamos. Con él ¡el tiempo se me pasaba volando! Era la segunda persona, después de mi madre, por la cual daría la vida, nunca me trato mal, siempre me traía dulces que su mama hacia, o juguetes que se encontraba (o eso era lo que él me decía) por supuesto yo nunca acepte esos juguetes, no porque no me gustaran o dudara de su procedencia, sino porque si los llevaba a mi casa, mi hermanastro me golpearía, me los quitaría y diría que yo los robe, haciéndome quedar mal ante mi madre y que mi padrastro me pegara también. Ya me había pasado una vez.

— Oye Darío, mira lo que he traído

— ¿Qué es Adolfo?... ¡Oh por Dios! ¡¿Cómo has conseguido eso?!

— Mi padre lo dejo en la mesa una noche, está casi llena, estaba tan ebrio que no se dio cuenta cuando la quite de la mesa y él piensa que se la acabo jaja, pobrecillo.

— Bueno ¿Y qué piensas hacer con ella? —
Pregunté con ingenuidad.

— ¿Cómo qué? Pues tomárnosla ¡Tonto!

— Pero si somos niños, aun no cumplimos 14 años y no podemos bebe licor ¡Esta mal!


— ¿Estás hablando en serio? —Dijo Adolfo intrigado

— ¡Claro que no amigo!


Siempre tuve la curiosidad de probar licor, pero nunca me he atrevido por miedo a que alguien me descubra, pero ahora que mi mejor amigo lo iba a tomar conmigo, no temía las consecuencias. Yo puedo ser muy tranquilo, pero cuando me junto con Adolfo, salen los más locos y divertidos instintos que pese a veces nos metemos en problemas, nunca nos arrepentimos pues siempre nos divertimos, además nunca hacíamos nada malo: a veces rompíamos cercas, otras arruinábamos plantas del padre Manolo, una vez hicimos que se escaparan más de 15 ovejas y corrimos para que no supieran quienes habían sido. Fue muy divertido.

— Bueno ¿Y cuándo será el día que nos tomemos la botella? —Le pregunté a Adolfo un poco ansioso.

— Mañana lunes, vendré junto con mi padre a la cuidad, a comprar unas cosas para mi hermana que se va a estudiar lejos, le diré que el vaya a comprar mientras tu y yo nos escapamos por otro lado a tomar.

La hermana mayor de Adolfo, Laura, era muy inteligente, era la única hija de los papas de Adolfo que iba a la escuela gracias a su brillante capacidad de estudio, había conseguido una beca para irse a estudiar fuera de mi estado, el plan era que ella consiguiera un buen trabajo y así ayudar a su familia.

— Está bien Adolfo, saliendo de la clase nos ponemos de acuerdo

— Si claro, ahora ya cállate que tengo que terminar de copiar esto — Dijo Adolfo — Falta poco para que las campanas suenen y tengamos que entrar a clase… Que tedioso

— Jajajajaja tu no cambias.

Más que interés por aprender a leer o escribir, yo iba por que no quería estar cerca de mi casa, al menos por un día, y por ver a Adolfo que me encantaba pasar tiempo con él, era como el hermano que jamás tuve, era la persona que aunque la sangre no nos uniera, nos tratáramos como si lo fuera. Además el padre Manolo solo daba clases 1 hora, después nos enseñaba a hacer diferentes actividades, cantos de iglesia, o nos contaba leyendas que circulaban en todos los lugares a los que él había ido.

La tarde llego y con ella la hora de salir, me puse de acuerdo con Adolfo quien le pidió permiso a su padre para regresar solo a su casa el día en que habíamos quedarnos de vernos, su padre era tan distraído y desobligado como él, que le dijo que hiciera lo que quisiera, solo que no se metiera en problemas. Yo por mi parte dije la verdad, incompleta, pero la verdad, que me iba a pasar todo el día con Adolfo, cosa que a mi padrastro no le importaba un carajo.








Acu.
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#10
Adolfo y yo nos vimos temprano el día siguiente, como no íbamos a la escuela teníamos todos los días libres y como era época de poco trabajo para mí, no tenía nada que hacer, y él mucho menos. Llegamos a un punto de la ciudad, lejos de las casas y edificios con grandes chimeneas, estábamos colina abajo, era un día tan soleado, afortunadamente teníamos un riachuelo, con agua cristalina, tan cristalina que se reflejaba todo el cielo cual espejo natural.

Adolfo se desnudo completamente, sin inhibiciones y se tiro al agua. Él y yo éramos muy cercanos, nos teníamos mucha confianza, yo por mi parte hice lo mismo, me desnudé y lo seguí.

En ese lugar la gente no pasaba, pues solo los niños traviesos y ágiles como nosotros podían escalar y brincar las rocas para llegar, y por ser lunes, la gente no solía salir de la ciudad para nada. Desnudos los dos jugando en el agua, noté algo en el cuerpo de Adolfo, algo que por supuesto le pregunte, con la única intención de saber qué era, o el porqué lo tenía, nunca por otra cosa.

— ¿Qué es lo que te ha salido ahí?

— ¿A qué te refieres?

— A eso, eso que tienes arriba de “tú ya sabes que”


Para nosotros, el pene era algo que no podíamos decir con su nombre real, así que evitábamos mencionarlo, a menos que fuera con sobrenombres.

— ¡Ah! Eso… Dice mi primo que cuando te estas convirtiendo en hombre, te salen pelos arriba de “eso”, como en los brazos y piernas, dicen que si tienes muchos eres mucho más hombre...

— Oh ya veo, yo aun no tengo… ¿Eso significa que aun no soy hombre?

— Jajajaja pero claro que no eres hombre, ¿Qué hombre cocina tan bien como tú? Pronto te saldrán bolas en el pecho como mujer jajajajaja

— ¡Cállate malparido!

— Jajajajajajaja


Adolfo y yo nos insultábamos constantemente, a él era al único que le permitía que me hiciera burla con mi gusto por la cocina y de cierta manera sabía que no lo hacía por malo, solo era un juego, y yo o veía así.

Después de refrescarnos un rato y jugar en el riachuelo, salimos del agua, totalmente desnudos, mojados y cansados, nos tumbamos bajo un árbol con una sombra tan rica, que era imposible pararse, tomamos la botella añeja de licor que le había quitado a su padre

— Tu primero -Dijo Adolfo dándome la botella

— No, tu primero. -Dije yo apartándola

— Que tu primero o eres gallina- Dijo bastante agresivo

— Oh está bien — Dije bastante pasivo...

Adolfo siempre me usaba de conejillo de indias. Destape la botella y sin pensarlo dos veces le di un buen trago

— ¡¡¡Agg!!! ¡Sabe a lumbre! Y amargo como el pasto, ¿Cómo la gente paga tanto por esta cosa y lo consume mucho? -Dije con disgusto

— A ver, deja pruebo… Mmmm, a mi me gusta, raspa la garganta joojoojoo -Rió Adolfó

— Ya basta, dame más - Dije muy valiente

— Nos la vamos a acabar jajajajaja - Siguió riéndo Adolfo+

La botella era grande, el papá de Adolfo apenas le habría quitado un par de tragos, rápidamente se fue vaciando, poco a poco y sin descanso, nos la acabamos. Al poco rato yo me sentí algo extraño, muy extraño, relajado, y de alguna manera tan feliz... Adolfo por su parte estaba más loco de lo común, no se podía parar, estaba rodando, gritando y yo no sabía si se reía o lloraba, me di cuenta que a él sí le había hecho el efecto que a muchos les hace. Al principio me asuste por sus reacciones, pero luego me dio tanta risa... Mucha ¡Pero mucha risa! Pues hacia cosas tan absurdas y se caía cada vez que daba 3 pasos.

Una hora pasó y yo no dejaba de reírme, Adolfo seguía ebrio y haciendo estupideces, era el día que mas me he reído en mi vida.

Se logro calmar y sentarse junto de mí, y note que su pene estaba erecto, pero también note que él no se había dado cuenta, estaba tan anestesiado por el alcohol que no sentía nada de lo que le pasaba

— ¿Has visto lo que tienes? —Pregunte sin miedo a ser juzgado por mi amigo

— Pero mira nada ma¡ás, se me ha parado ¡Jajajajaja! -Dijo Adolfo, algo ahogado por el alcohol

— ¿Te pasa constantemente? -
Pregunté intrigado, sin apartar la vista de su erección

— Claro, ¿que a ti no? -
Dijo Adolfo muy seguro

— No mucho — Respondí sin pena, con Adolfo sabía que podía hablar de cualquier tema

— Es normal en los hombres, con cada años que cumples es más frecuente que se te pare, es así como disfrutas mas la vida

— ¿Disfrutar?

— Si, el placer más grande viene de “allá abajo”, y sobre todo cuando lo tienes así de duro


Todo tenía sentido: placer, pene erecto, apenas las piezas se juntaban para explicar lo que hace tiempo me había sucedido.

— Adolfo, ¿Te puedo contar un secreto? -Dije muy misteriosamente

— Claro amigo

— Pero promete que jamás lo mencionaras, promételo por la vida de tus gallinas


Adolfo tenía 2 gallinas las cuales amaba y protegía cuál hijas suyas, era algo extraño el cariño tan enorme que les tenia.

— Por su puesto tonto, no diré palabra alguna, lo juro por Canela y Mostaza (El nombre de sus gallinas) -Dijo Adolfo con la mano izquierda levantada

— Está bien — Dije un poco cabizbajo

Me sentí algo incomodo al hablar del tema, pero por alguna razón no podía evitar quedarme callado, necesitaba expresarme

— Mira, lo que pasa es que, hace un par de días…

Le conté con detalle todo lo que había pasado, tal cual, sin perder ningún segundo, y a pesar de que una parte de mi decía que cerrara mi enrome bocota, yo seguía y seguía hablando.

— ¿Qué piensas de lo que te acabo de contar? — Le pregunte a Adolfo

— Pues que eres raro, pero no te preocupes no eres al único que se le pone dura viendo a los hombres -Respondió mi amigo

— ¿¡NO!? -Grité atónito

La respuesta de Adolfo me sorprendió, pero más me sorprendió lo que me contó después

— Claro que no, a varios les pasa — Dijo Adolfo un poco areado

— ¿A ti te pasa? —Pregunté

— Dios mío, ¡No! A mí se me pone así cuando veo a mis vecinas nadar sin vestido en el rio, me gusta verle sus pechos y sus colas, así es como se me para y enrojece, pero a mi primo Nestor le pasa como a ti

— ¿Cómo?

— Sí, él me espía a mí, a mis hermanos y hasta a mi padre mientras nos desnudamos para bañarnos o nadar, también le gusta probarse zapatos de sus hermanas y vestidos de su madre, se ríe y juega a que es mujer frente a un espejo mientras lo hace.

— ¿El te lo ha contado?

— No, yo lo he visto a escondidas, solo que cuando me cachó que yo sabía que nos veía, me pidió le guardaba el secreto

— Maldición Adolfo, pero me lo estas contando a mí, eso no es guardar secreto.

— Lo sé, pero también sé que tú no dirás nada ¿O sí?

— Por supuesto que no, espero que tú tampoco cuentes nada de lo que te dije.

— No, amigo. No te preocupes… Pero no se lo cuentes al padre Manolo, porque mi primo me ha dicho que quienes lo cuentan a los curas, pasan el resto de sus vidas viviendo un infierno, no se a que se refería pero entendí que a los hombres que les gusta ver desnudos a otros hombres, es mejor que lo guarden en secreto. —
Dijo Adolfo poniéndome una mano en el hombre

— Gracias, de todos modos no tenía pensado decirle a nadie más que a ti — Dije viéndolo a los ojos

— ¡Glup! Uy perdón. — Eructó Adolfo

— Eres un marrano jajajajajaja. —Dije riéndome

Sobra decir que Adolfo acepto lo que le platique de una manera increíble, no se sorprendió y reacciono con tal naturalidad que me sentí muy muy cómodo de habérselo contado, sabía que no era el efecto del alcohol, Adolfo me querría aunque yo tuviera pelos en la cara y patas de cochino.

Adolfo y yo seguíamos platicando de penes, erecciones, de las veces que había visto a sus vecinas sin ropa y de las veces que su primo Nestor lo espiaba.

Conozco a su primo y siempre me ha parecido extraño: Va a cumplir los 20 años, es alto, delgado, güero como Adolfo pero de cabello negro y lacio, cara larga y poco amistoso, casi no habla y se altera con facilidad, a veces me da miedo.

Adolfo se recostó en el pasto, aun tenia la erección, el efecto del alcohol que habíamos tomado se estaba pasando, pero aun Adolfo seguía ebrio. Entonces paso algo que no había visto en mi vida

— ¿Qué es lo que haces? —Pregunté mientras veía que Adolfo se jalaba su pene.

— Me lo jalo.

— ¿Y por qué?

— Pues porque se siente rico, mira


Adolfo se halaba su pene de arriba abajo, con un ritmo apresurado pero seguro, sus gestos eran como los que yo hago cuando pruebo uno de mis postres, gemía un poco, no entendía el porqué. Pronto note que de su pene escurrían unas gotas de un líquido blanco, como el que había visto el día que vi a mí padrastro desnudo. Cada vez Adolfo lo hacía con más rapidez, lo cual me provoco una erección, no me había percatado pero el hecho de verlo así, desnudo, halándose el pene y viendo que lo disfrutaba, me daban ganas de imitarlo

— ¡¡Oh, oh, oh!! — Susurraba adolfo

— ¿Estás bien? — Pregunté alterado

— Mejor que bien amigo, vamos inténtalo — Me invitó Adolfo

Mi mano temblaba, estaba tan excitado, el cuerpo de Adolfo se me hacia atractivo, lo había visto desnudo ya varias veces pero esta era la primera vez en que deseaba tocarlo, de pies a cabeza, mientras veía como se tocaba con tanto placer su pene.

Sacudí mi mano que tenia tierra, no quería tomarme mis genitales llenos de suciedad, estaba dispuesto a jalarme el pene y sentir el placer que sentía Adolfo, estaba sudando, estaba disfrutando, la misma sensación que que se creaba en mi estomago y que alteraba mi pecho volvió a surgir dentro de mi, estaba tan ansioso, tenía la boca abierta del espectáculo que presenciaba, salivaba mucho, mi corazón se aceleraba con cada jalada que Adolfo se daba y en el momento en el que iba a imitarlo y sentir el placer que desde hace días quería probar...:

— ¡¡¡Guaaaaaagck!!!

— ¡Oh Dios! ¿Adolfo estas bien? —
Dije asustado

— ¡Maldita sea! … ¡¡¡Guuuaaaaagck!!! — Dijo adolfo, todo embarrado...

Adolfo vomito dos veces, ¡Me espanté muchísimo! Las erecciones desaparecieron, lo lleve al agua para que se limpiara y así vestirnos, lo ayude a subir la colina y después llegar a la ciudad. No podía dejarlo así, estaba pálido, tenía la cara de un muerto, su estomago hacia un sonido horrible, del tipo que hacia el mío cuando pasaba hambre. Yo por el contrario estaba tranquilo, el susto que me dio Adolfo hizo que el efecto del alcohol se esfumara totalmente y de golpe. Decidí rápido, Adolfo era mi mejor amigo y era mi deber ser bueno con él, había decidido llevarlo a su casa, sabía que mi padrastro no iba a notar mi presencia, así que no había problema de que no le avisara, si estuviera mi madre otra cosa seria.

— Vamos Adolfo, vamos a tu casa

— Está bien…
—Dijo Adolfo Desganado

Caminamos lento por una vereda donde la sombra escaseaba, el sol no era muy fuerte, pero el esfuerzo de cargar al pesado de mi amigo hacia que yo sudara, él estaba muy débil, pero íbamos contado anécdotas y eso nos distraía del cansancio. Él y yo imaginábamos muchas historias graciosas y ficticias de personas que conocíamos: yo imaginaba a mi hermanastro y a mi padrastro en uno de esos circos enormes, los dos estaban enjaulados y la gente se reía mucho de ellos. Adolfo imaginaba al Padre Manolo siendo perseguido por decenas de guajolotes, ya que el Padre Manolo le tiene un gran miedo a esos animales, aun que cuando alguno de sus devotos los cocina, el bien que se los come.

Entre historias y risas llegamos a su casa, yo ya había ido varias veces con anterioridad a visitar a mi amigo, conocía a su familia y todos eran muy amables conmigo, de vez en cuando la mamá de Adolfo me compraba ingredientes para que les hiciera postres, claro que yo no les cobraba la mano de obra, ellos me agradaban bastante.

— Hijo mío, pero ¿Qué ha pasado? —Grito una mujer

— Nada madre, nada, quiero recostarme — Dijo Adolfo un poco mareado

— Hola Doña Gloria, muy buenas tardes — Dije con una sonrisa un poco forzada, pues yo sabía lo que le había pasado a Adolfo y no creía que a su madre le agrediera.

— Hola Darío, que milagro que vienes a verme — Dijo la señora poco distante

— Lo sé, tenía tiempo que no la veía y quería saludarla, pero mire, aquí me tiene — Dije acercándome un poco

Para ser un niño de clase muy baja, yo era muy educado, regularmente la gente rica y poderosa eran los maleducados que no regresaban el saludo. Hasta mi padrastro me daba los buenos días, a regañadientes, pero lo hacía.

Adolfo y yo habíamos quedado en contar una versión de lo ocurrido, muy diferente de lo que en verdad había pasado; él comió un par de hojas de hierba buena que nos encontramos en el camino para desaparecer el olor a alcohol, yo hice lo mismo.

Quedamos en decir que fuimos a nadar, pero en lo que yo fui al baño detrás de un árbol, el se quedo en el agua, de pronto le dio un calambre y se empezó a ahogar, por eso estaba pálido, yo no pude auxiliarlo de inmediato pero cuando me di cuenta, corrí y lo salve, ser el héroe fue idea mía. La mamá de Adolfo se lo creyó todo, me felicito por haber salvado a su hijo y me invito a comer. Adolfo y yo teníamos un hambre, como sí ni hubiésemos comido desde el año pasado. Claro que acepte.

La hora de la comida se acerco y los hermanos de Adolfo se sentaron a la mesa, su padre aun no llegaba, seguramente se quedo a tomar en algún bar de la ciudad, la mamá de Adolfo invito a comer a su hermana, la cual vivía junto a su casa, con ella venia su hijo, Nestor, con el mismo semblante sombrío y misterioso.

Ayudé a la madre de Adolfo a cocinar, todos estaban sorprendidos de mis habilidades de hacer comida, a pesar de que había pocos ingredientes logre crear varios platillos e improvisar un postre con caramelo y algunas frutas que hice a Adolfo recolectar de árboles que rodeaban la casa.

La comida estaba servida, todos querían repetir; gracias a Dios abundo lo suficiente para que todos los que estábamos en la mesa repitiéramos. Lo mejor de la tarde fue que todos me dieron un gran aplauso por tan rica comida, hasta Nestor que pocas veces sonreirá, al probar lo que yo había preparado, le cambio el semblante.

Sin darme cuenta obscureció, me espanté pues últimamente se decía que por la vereda que conducía a la ciudad, se habían escuchado rumores de sujetos que habían desaparecido, diciendo que algo les quitaba la vida a esas personas. Unos decían que eran lobos hambrientos que solo salían de noche, otros decían que era un loco que se había escapado de un manicomio y que comía carne humana, otros que era una bruja que venía del mismo infierno quien hacía desaparecer a los hombres, otros que era el mismísimo demonio que arrastraba a las almas de los viajeros que pasaban de noche por ese viejo y oscuro camino. Fuera lo que fuera a mi me aterraba la idea de salir de la casa de Adolfo.

— Quédate a dormir Darío, anda no seas terco. -Decía la mamá de Adolfo

— Es lo que más quisiera pero, tengo miedo de la reacción de mi padrastro al ver que no estoy en la casa. — respondí

— Nada, yo hablaré con él. Él me tiene mucho respeto por las tantas veces que le he prestado dinero, que por cierto aun no me paga. — Dijo la mamá de Adolfo

— Oh que pena señora, en verdad no sabía. — Respondí agradecido

— No te apenes, la deuda no es contigo, sino con él, así que ya esta, hoy te quedas y no se discute mas. —Reafirmó la mamá de Adolfo

— Gracias, en verdad.








Acu.
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